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Historia oral”

Javier Prado

Dirección de correo electrónico: megahistoria@yahoo.com.ar

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 Historia oral

No pretendo (ni puedo) en este pequeño espacio establecer un “tratado” sobre la entrevista y la historia oral, simplemente quisiera comentar la experiencia de haber realizado un buena cantidad de ellas (con el fin de conocer aspectos domésticos, emocionales y mentales del gran relato) y que tal vez pueda servirle a alguien.

Al abordar una investigación sobre un tema tan candente como el peronismo, la entrevista y la historia oral son de suma importancia. A diferencia de otros fenómenos que no nos dan la posibilidad de acceder a testigos directos vivos (dinastías egipcias, reinas y vasallos, reyes mesopotámicos, etc.), el peronismo ofrece (aun hoy) la posibilidad de tener un acercamiento a quienes fueron (y son) protagonistas de la Historia.

En este punto suelen aparecer las “ventajas” y “desventajas” de la “memoria”. Es cierto  que la memoria es selectiva y que conciente o inconscientemente produce un recorte de las experiencias vividas, pero desde el vamos debemos establecer que no buscamos (al menos yo) una trascripción taquigráfica de los hechos del pasado, sino un reflejo del proceso a estudiar. Es verdad que un mismo hecho puede ser visto, recordado y valorado de diferentes maneras por dos o más personas, pero es en la reiteración de determinados aspectos en los que encontramos un hilo conductor sobre un fenómeno. El testimonio oral es una referencia. Un nombre, una fecha aproximada, un lugar, un suceso desconocido, o poco tratado, nos pueden ir dando pistas sobre el tema a abordar. Inevitablemente se cruza en esto algo tan tratado como el tema de la “verdad” histórica. Es decir: qué cosas dan fe de un proceso o de que las cosas fueron “así”. (Si relativizamos todo entonces abandonemos por completo este trabajo porque llegaríamos a un callejón sin salida). Recientemente, en la presentación de un libro, salió el tema: “las cosas pudieron ser de manera diferente a la que cuentan los testigos”. Este argumento es atendible, pero entonces queda en el historiador la valoración de los testimonios. Supongamos que encontráramos gente que testimoniara que durante el período 1976/83 no tuvo “problemas” ¿dejaríamos por eso de reconocer que hubo una dictadura sangrienta? Por supuesto que no, porque son abundantes (y alguno sobrevivieron) los testimonios que dan cuenta de la feroz represión estatal. Por lo tanto al hacer una serie de entrevistas el historiador deberá valorar cual es el patrón general de testimonios y qué aspectos se resaltan. En el caso concreto del peronismo, seguramente hay quienes podrán contar otra visión (diferente) de la que puedan dar los militantes peronistas, pero si nuestra intención es averiguar cuales fueron los cambios sociales, políticos y económicos, deberemos valorar (cruzando todo con fuentes escritas, bibliografía y datos estadísticos creíbles) la mayoría de los testimonios sobre el período. La entrevista oral no es definitoria, pero puede aportarnos más acerca del ¿por qué? de algunos fenómenos. En la entrevista hay, además de los datos concretos, una gran carga emocional y ésta también debe ser valorada para comprender la pervivencia de un fenómeno, de una idea, etc. Más que para certificar un hecho (o además de ello) la memoria nos orienta hacia las causas y consecuencias de esos hechos. La interpretación del historiador (tan o más subjetiva que la memoria del entrevistado) será quien dé “rebote” a lo contado por el testigo.

Dígame…

En cuanto a cómo realizar una entrevista, creo que cada uno va con sus propias recetas y depende también del tema a investigar, del entrevistado y de las ideas del historiador. Inevitablemente se entabla una relación afectiva (aprecio o desprecio) entre el entrevistador y el entrevistado. Esto es casi inevitable. Aunque fueran unos pocos minutos, nos estaremos metiendo en la vida privada de ese hombre o esa mujer, en sus recuerdos y en sus sentimientos, así que aunque después no nos veamos más, por esos pocos minutos estableceremos una relación cercana. Esa persona confiará en nosotros (tal vez completos desconocidos y aun: malas personas) para contarnos sus vivencias y sus impresiones y valoraciones. Así que lo que sigue no es el “Manual del entrevistador trelewense”, sino un resumen del “método” (palabra ampulosa que antes era “manera”).

 Hola, ¿usted es…?

Fue importante para mí el acordar un encuentro previo (el contacto puede ser telefónico) en el que le contaba cual era mi interés, mi trabajo, el por qué y para qué de la entrevista que le solicitaba. Además el tema de la grabación inhibe a cualquiera y esto también hay que plantearlo para actuar con honestidad (siempre que el historiador considere esto importante) para concretar la entrevista. Y aunque yo llevaba el grabador (o mp3) dentro de mi mochila por si se daba la ocasión de entrevistarlo ese mismo día, dependía de la voluntad de hablar “ahí” que tuviera el entrevistado. Hay que decir que para llegar al entrevistado hay que hablar con mucha gente, preguntar qué hizo o de qué trabajaba tal, si vive, dónde, etc.

Una vez concertado el encuentro hay que tratar de ser puntual (lo que incluye no llegar antes, que es casi peor que llegar tarde), ya que eso molesta al entrevistado o lo decepciona porque en él se genera una gran expectativa al serle requerida su participación en un “libro de historia”. Como dije antes no hay empezar a grabar inmediatamente sino entrar en conversación (muchas veces con cosas cotidianas). Preguntarle amablemente si ya puede encender el grabador y tomar debida nota de sus datos básicos (nombre, fecha de nacimiento, etc.). Si no desea ser grabado, habrá que tomar aire y aprestarse al uso de la birome o el lápiz. Mucha gente no desea aparecer con su nombre completo y por lo tanto esto hay que respetarlo.

Si bien uno tiene un objetivo concreto y va a buscar datos específicos (por ejemplo: cómo se vivía antes de la llegada de Perón al gobierno) no se puede desechar todo lo que rodea al testimonio del testigo: su barrio, sus parientes, sus amigos, su casa, los programas de radio o la tele, porque en ellos también encontraremos puntos de referencia importantes. (Me sucedió que entre las listas de vecinos que suelen dar lo entrevistados había un apellido que sonaba parecido a otro que yo tenía escrito por la fonética, y al preguntarle si había sido quien participó de la destrucción de bustos y simbología peronista en 1955 me confirmó que si y me dijo el nombre de otros comandos civiles que apoyaron el golpe. O sea: fue algo casual que yo no fui a buscar concretamente, pero que se dio y fue útil para la investigación). Muchas veces el entrevistado “se va” del tema y uno no debe cortarlo secamente, sino tratar de llevarlo lentamente al tema para que nos continúe contando sus vivencias sobre el período que nos interesa o el tema que estamos tratando. A veces el entrevistado se cansa y es bueno ofrecerle hacer un alto y charlar de cualquier otra cosa en esos intermedios (fútbol, clima, noticias, etc.). También hay que respetar al entrevistado cuando dice “basta”, y tal vez de ese modo se pueda retoma el testimonio en otro encuentro. Es importante que el entrevistado sepa que uno mismo sabe de lo que se está hablando, de lo contrario pierde interés en responder. ¿Discutir con el entrevistado? Hay que evitar eso (aunque a veces cuesta mucho) y en lo posible no asentir (esto también cuesta, y más cuando uno está de acuerdo con lo que se dice).

 “Nos vemos”

Al concluir la entrevista y apagar el grabador, la entrevista continúa (así que hay que prestar atención a eso que nos cuentan en el “después”, porque de allí también pueden salir cosas interesantes para nuestro trabajo). Y, aparte, hay que quedarse un rato con el entrevistado, ya que si huimos desesperadamente, puede sentirse robado o simplemente usado. Cosas de ese tipo “despersonalizan” no solo la investigación, sino las mismas relaciones sociales, convirtiendo al testigo solo en un archivo de voz. En cuanto a la trascripción de la entrevista, aquí también juegan varios aspectos. De nada vale pasarse horas transcribiendo los “eeehh”, “esteeee”, “mmmm” o cosas así. Ni siquiera vale la pena utilizar tiempo en transcribir la entrevista por completo, sino que conviene ir escuchando la grabación y transcribiendo aquello que nos resulta interesante. Es cierto que se debe hacer una contribución a la ciencia y dejar las fuentes accesibles para que otros puedan utilizarlas, pero para eso está la propia grabación. De lo contrario las documentales durarían años y para saber como fue el gol de Maradona a los ingleses tendríamos que ver todo el partido, cuando tranquilamente podemos ver esos breves segundos de magia en la repetición o los compilados. Si alguien quiere saber como fue el partido dispone del registro en video para analizar el resto. Esto apunta a que el historiador debe luchar contra el tiempo que lleva pasar al papel sus investigaciones y es más importante dar a conocer al público lo que ha investigado y sus conclusiones que estar días y meses tratando de transcribir una tos o una carcajada. ¿Cuántas entrevistas orales? Es decir: ¿cuando uno debe poner fin a las entrevistas y dedicarse a analizarlas y transcribirlas? Creo importante lo que me dijo el Profesor Carlos Hernández: “cuando los testimonios comienzan a repetirse demasiado”.

 Volver

Una vez que hemos concluido nuestro trabajo y lo hemos dado a conocer, no estará de más hacerle saber esto a nuestros entrevistados, para que sepan que su tiempo no se perdió y para hacerlo partícipe de nuestro trabajo, tal como él nos ha hecho partícipe de sus recuerdos. Finalmente, hay que tener la suficiente agudeza para no sobrevalorar ni subestimar la memoria de los entrevistados, ya que eso nos puede llevar a conclusiones erróneas. Por otra parte si bien los testigos pueden fallar en una fecha o en un dato específico, hay que valorar si recuerdan bien el proceso en general. No importan si se equivocan en la fecha de una elección sino que hay que rescatar que nos cuenten que votó a tal candidato por tal y cual cosa. Supuestamente nosotros como profesionales de la Historia conocemos esos grandes procesos históricos y si el testigo da una valoración del proceso no hay que ser tan puntilloso con fechas y nombres. Por otra parte si un testimonio nos parece falso o erróneo siempre está la posibilidad de cotejar eso con otras fuentes de información.


 

 

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