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“Una aventura y un sueño: editar y ser independiente”
Javier Prado
¿Para qué escribimos?
En la mayoría de los casos para compartirlo con los demás (más allá del acuerdo o el desacuerdo que nuestras ideas puedan generar). La intención primaria es que los demás vean qué es lo que estamos haciendo, así como el músico, el pintor y el poeta se sienten completos cuando pueden comunicar lo que han producido. (Interesante tema el de “mostrarse”. Debate sico-sociológico para el cual no hay tiempo, espacio, ni título habilitante en estas líneas) Entonces a la hora de dar a conocer nuestras producciones escritas surge el problema del ¿cómo? En el caso de las investigaciones históricas, lo cómico (por no llorar) es que la etapa meramente “técnica” (escritura, diseño, corrección, impresión) es tan o más difícil de lograr que la propia investigación. Porque después que el investigador ha superado las penurias de graduarse, elegir un tema, buscar, encontrar, organizar y aprovechar el material bibliográfico, las fuentes (materiales y humanas), ordenar sus ideas y plasmarlas en el borrador, viene la difícil etapa de llevar todo eso al papel (el libro o revista). En estas breves líneas no voy a revelar ningún secreto místico (¡no se vayan!), sino simplemente comentar y compartir la experiencia en esto de publicar libros y de tener que optar por el camino independiente.
En busca del editor imposible
Imaginemos que ya hemos concluido nuestra investigación, monografía o tesis y decidimos publicarla, por lo tanto saltearé aquí la parte estrictamente disciplinaria o científica de la producción historiográfica (heurística y hermenéutica, que le dicen) que llevaría otro trabajo aparte.
A esa altura (y si tenemos suerte) seguramente tenemos nuestro trabajo escrito en el “borrador”. Si estamos decididos a publicar (o intentarlo) comienza la búsqueda del editor o impresor. ¿Cuál es la diferencia? El editor es el comerciante que se encarga de la corrección, impresión del texto, registro de la propiedad intelectual, distribución del libro y demás trámites burocráticos a cambio de un gran porcentaje (¿60?) de los ingresos que produzca nuestro libro, contrato mediante. La otra variante de estos “editores”, es que se encargan de todo eso pero sin establecer un vínculo de dependencia entre nosotros y ellos, sino que simplemente cobran por todos esos servicios, pero sin establecer un “contrato” que nos ligue a ellos. Están más cerca del “servicio” de imprenta (olvidándose rápidamente de nosotros).
Impresor es el cuentapropista que a cambio de unos billetes imprimirá nuestro libro sin corregirlo, sin distribuirlo y seguramente sin leerlo. En este caso uno debe llevar el original absolutamente listo para que se plasme en el papel
“Encontrar” un editor es mucho más difícil si vos no te llamás (o no sos) Pigna, Luna, Donghi o Hobsbawm. La edición de libros no deja de ser un negocio (como vender llantas) por lo que es lógico que los empresarios del libro busquen ventas seguras y para ello apelan a quienes tienen un “nombre”. Por lo tanto será difícil que alguien quiera arriesgar un billete por una obra de resultado económico incierto en el superpoblado mercado editorial (a pesar del éxito de la Historia en la actualidad). En resumidas cuentas, si uno encuentra esa editorial deberá pagar para ser editado, en vez de ser retribuido por haber hecho un libro. Como veremos más adelante, la cadena de comercialización del libro es un negocio en el que se arriesga poco (salvo el escritor independiente y el lector).
Otro aspecto a tener en cuenta, es que (al igual que los grupos de rock que quieren llegar rápido) si decidimos entrar en negocios con una editorial, esta pondrá condiciones para publicar nuestro material, metiéndose peligrosamente con aspectos del contenido de la obra. En esta clase de tratos lo perjudicial es que uno pierde el manejo de la obra y de los ejemplares impresos.
Razones
¿Cuáles son las razones que impulsan una edición independiente? Por la propia experiencia puedo referir que se trata de un extraño caso (o complejo) por el cual creemos que cuando menos tengamos que ver con cierta gente (poseedora de dinero o de poder) mucho más limpio y coherente va a ser nuestro discurso. Es una opción ideológica (como casi todas). Digo que es un extraño caso porque por un lado repudiamos (o repudio, hablando en primer persona) el aparato estatal que es la cara del “sistema”, pero por otro lado, al menos desde mi perspectiva, quiero un Estado que intervenga en la sociedad y que sea de “todos” (utópico, pero deseo al fin). Entonces se da la contradicción de rechazar el dinero del Estado (fondo editorial provincial, imprenta oficial, subsidios) para no ser “parte” y por otro lado la sensación de dejar de ocupar un lugar que es nuestro y que si no reclamamos será reclamado por otro (casi siempre con dinero y con poder). Editar en forma independiente es un recurso para no recibir intromisiones en el contenido de nuestros trabajos, para decir lo que pensamos y lo que creemos (lo que sabemos, lo que no quiere decir que no tengamos errores), para manejar los tiempos y en cierta forma el destinatario de nuestro esfuerzo. Ser independiente implica no tener que escribir para cumplir contrato (como esos músicos que deben sacar un disco por año y casi siempre son horribles, Aerosmith por ejemplo). Pero muchas veces detrás de la edición independiente se esconde alguien que es independiente porque no puede estar en otro lado. Es decir, no está allí por una decisión propia sino como resultado de las adversas condiciones económicas (y de talento) que le impiden escribir para Sudamericana o Planeta. La pregunta sería entonces ¿se puede ser independiente ideológicamente teniendo contrato con una editorial grande? Sería lo ideal, editar manteniendo nuestros ideales y lograr una amplia difusión en el mercado (esto sigue siendo un negocio). Entonces se plantea el problema: buscar la mayor difusión sin resignar nuestro pensamiento, o mantenerse 100% independiente sin que se entere de eso ni nuestro vecino. Por lo tanto se trata de mantener la coherencia (al menos en la Historia) sabiendo que es imposible no rozarse con ciertos aspectos del sistema (diarios, radio, televisión, tipos indeseables, etc.) Porque el “purismo” en las acciones debe ser total o inexistente, ya que no hay tonos medios cuando se esgrime un discurso extremo (entonces la persona que lo esgrime termina enredada en sus propios principios, es un tema largo). Entonces es aquí cuando uno debe decidir para qué y para quién escribe… ¿Por una satisfacción únicamente personal? No hace falta publicar, con una impresora casera alcanza ¿Cómo forma de expresión política y para combatir el discurso dominante? Esto nos dará la satisfacción personal (casi siempre) y además será para compartir, socializar. Aquí dejamos de pensar solamente en nosotros y ponemos nuestros escritos al servicio de una causa social, ya sea política o económica (después se verá si para mayorías o minorías, yo me inclino por las primeras).
La ruta más larga
Si optamos por la edición independiente, comienza una aventura que casi siempre rondará lo humorístico, pero tendrá partes de terror y suspenso. Lo primero es buscar quien imprima nuestro trabajo en las mejores condiciones técnicas (tapa, papel, tinta, encuadernación), de tiempo (30 a 45 días con suerte) y económicas (relación tirada, costo total). Para quienes vivimos en esta parte del país, los costos se hacen muy elevados, por lo tanto una buena opción es buscar este servicio de imprenta en las grandes ciudades (generalmente con costos menores en un 50%). Lo malo de esto, es que todo el trato se hace a distancia, a veces sin que uno conozca al otro y a veces sin algo firmado, por lo que el escritor arriesga mucho más en este negocio. (El impresor generalmente pide un “adelanto” del 50% a cambio del cual comenzará la impresión y el 50% restante se le abonará cuando nos entregue los ejemplares, casi siempre menos, con material fallado y fuera de tiempo).
Último recurso
Una vez que tengamos el presupuesto comienza la tarea de buscar el dinero necesario para editar. Si se quiere seguir siendo independiente uno buscará los recursos por fuera de los círculos oficiales o en forma personal (créditos bancarios, préstamos personales, ayuda familiar). Ser independiente tiene sus límites, pues de una u otra manera estamos inmersos en el sistema y apenas podemos evitar salpicarnos demasiado.
Si a pesar de todo esto decidimos contratar los servicios del impresor, viene entonces la insoportable tarea de realizar las “correcciones”, es decir: repasar todo el texto para encontrar errores ortográficos, semánticos y de puntuación. Y todo esto, generalmente, lo hace el propio investigador (que se convierte en editor, corrector y distribuidor). Esta es otra de las diferencias fundamentales de ser un historiador independiente y uno de los “famosos”. Uno no cuenta con asistentes, empleados ni cosas por el estilo, y todo se hace a pulmón. El esfuerzo es doble porque la misma persona que ha revuelto los archivos, los diarios viejos, ha leído y hecho fichas de esos libros, ha realizado las entrevistas, ha dictado y escrito el borrador, también debe corregir el trabajo, con lo cual suele restarle tiempo a la propia investigación.
Concluida la corrección, debemos “diseñar” nuestro libro (recordemos que el impresor no hará nada de esto, porque no es su tarea específica), esto incluye la separación en capítulos o partes, la inclusión de índices temáticos o generales, citas al pie al final de la obra, bibliografía y prólogo. A esto se suma la separación en párrafos para que la lectura no sea fatigosa (aunque volveremos sobre esto cuando haya que calcular los costos y entonces…). Una vez concluida esta parte, debemos volcar el texto en un formato que sea manejado pro el impresor: PDF, Page Maker, Corel o Word (éste es el menos utilizado por las imprentas). Vuelvo al tema de los párrafos, ya que por una cuestión de costos a veces se hace necesario evitar los “punto y aparte” a fin de economizar hojas y dinero. El registro de propiedad intelectual es más una obligación que un beneficio concreto y es sumamente engorroso por las distancias entre esos centros administrativos y nosotros.
Una vez que el impresor nos ha enviado nuestro libro ya impreso, previo pago del total del costo, comienza otra ardua tarea: la distribución y venta del mismo o sea la difusión. Este es otro difícil aspecto ya que al no contar con una multinacional detrás de nosotros la difusión se realiza de boca en boca, con el apoyo de conocidos o amigos y familiares que ayudan a la promoción de nuestra obra. Es entonces cuando hay que preguntarse ¿se cumplieron los fines de nuestro trabajo? Si nuestra idea era solo ver escrito en el papel lo que pensamos y sabemos, para cubrir una parte de nuestro ego, podemos darnos por satisfechos. Si lo que buscamos es llegar a más gente en menos tiempo posible y alterar aunque sea un poquito el anestesiado ambiente local, se hará necesario un poco más de esfuerzo realizando contactos, llamadas telefónicas, correo electrónicos y postales a fin de ubicar nuestro libros en algún lugar en el que puedan despertar interés o generar polémica.
La presentación del libro es otro tema que da para mucho y no por cuestiones de espacio y tiempo no abordaré ahora. Pero sintéticamente se puede decir que la presentación es el “estreno” de la obra, destacando aspectos generales del contenido y de la metodología utilizada, dejando una espacio para resaltar algún aspecto en particular que sirva de “muestra”.
No a la secta
En definitiva, se trata de ser independientes sin convertirnos en parte de una secta que produzca escritos de consumo endógeno. De poco vale intercambiar papeles entre “pares” ya que ellos saben o conocen lo que hemos escrito (y en muchos casos nos detestan), en cambio en los ambientes no especializados resultan más provechosas nuestras investigaciones pues aportan algo (a veces más, a veces menos) al conocimiento y con suerte a la modificación de la realidad. Pero por otro lado ¿y si apareciera una editorial? Si lo que buscamos es dar a conocer otra versión de la historia o simplemente nuestro punto de vista sobre un tema en especial, entonces no estará mal entrar en tratos con ellos, siempre que mantengamos el control de los contenidos y del precio de la obra, porque en definitiva se trata de avanzar dos pasos aunque a veces debamos retroceder uno. El riesgo será quedar envuelto en el negocio editorial, aceptar intromisiones sobre el contenido ideológico, el lenguaje y los temas tratados. Si evitamos todo eso, habremos dado el primer paso hacia otra historia.
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