El Peronismo
Antes
Hacia 1943 el sistema de fraude electoral estaba tan aceitado, que pocos dudaban quien sería el próximo presidente de Argentina. Gobernaba Ramón Castillo, tras la renuncia y fallecimiento del ex presidente Ortiz. La situación política de Argentina a nivel internacional era de neutralidad ante la guerra. Una actitud criticada por Estados Unidos (que se metería de lleno al conflicto a partir de Pearl Harbour), pero no tan criticada por Inglaterra, ya que de esa manera, los barcos argentinos (al no ser beligerantes) podían seguir abasteciendo de carnes al Imperio. Castillo venía moviéndose entre dos fuegos: enfrentado con los sectores medios aliadófilos (casi todos los partidos políticos) que empujaban a una declaración de guerra y por otro lado el ejército y la mayoría del pueblo que no quería que Argentina fuera parte del conflicto. Internamente predominaba una gigantesca corrupción basada en el fraude electoral y el predominio conservador. A causa de la guerra se fue desarrollando una incipiente industria (no deseada por los conservadores), debido a la necesidad de obtener aquello que no se podía comprar en el exterior. Nuestra economía estaba puesta enteramente al servicio de Imperio Británico. Los ferrocarriles, puertos, el transporte y el comercio exterior eran manejados por personeros del Imperialismo. El pueblo trabajador era explotado duramente. De manera que por esos años los obreros industriales de los centros urbanos trabajaban en pésimas condiciones y muy mal pagados. En el mundo rural la situación era igual o peor. Un sistema de esclavitud hacía que los peones rurales durmieran bajo las estrellas y fueran esquilmados doblemente, no solo por el trabajo de sol a sol por monedas, sino porque debían comprar mercaderías en los almacenes de “Ramos Generales” (algunos todavía siguen endeudando al trabajador cobrando precios astronómicos). Además de eso, los peones rurales no podían ejercer libremente el voto, ya que los patrones se quedaban con sus libretas de enrolamiento para votar por ellos. No existía un lugar al cual recurrir buscando protección del Estado. Por esos años, el Departamento de Trabajo, es solo un sello. Los pequeños arrendatarios (es decir, aquellos hombres y mujeres que no son dueños de las tierras y que pagar un alquiler a los grandes terratenientes para tener un lugar donde producir) se hallan en condiciones sumamente desfavorables, sometidos a los “contratos” de arrendamiento que impone la oligarquía terrateniente, dueña de grandísimas extensiones de tierra. Todo esto fue desarrollándose desde 1930, fecha en que un golpe antipopular liderado por el nacionalista Uriburu derrocara al gobierno de Yrigoyen.
Por 1942/43, el ejército venía siendo lugar de intrigas y discusiones políticas. Los motivos eran varios. Por un lado la proximidad de las elecciones (bajo el sistema fraudulento de la década infame que llegaba a su fin) que hacen presagiar que el próximo presidente será el industrial salteño Robustiano Patrón Costas (que estaría de acuerdo en declarar la guerra al Eje) con la consiguiente preocupación que existía acerca de la posible intervención argentina en la guerra. Y además de todo eso, el ejército observaba con preocupación el crecimiento del malestar social, que los militares temían derivara en una “izquierdización” de las masas. Dentro del ejército, el sector más deliberativo era el del G.O.U. (Grupo de Oficiales Unidos o Grupo Obra de Unificación). Estos militares, además del clásico temor al avance del comunismo (típico de la torpe formación castrense), tenían ideas industrialistas y querían evitar la participación argentina en la guerra. Sin embargo, dentro de esa fuerza convivían diversas tendencias. Había un grupo decididamente germanófilo, otro liberal (en la línea del fallecido Agustín P. Justo) y otra democrática.
El golpe del 4 de junio: el fin de la década infame.
El 4 de junio de 1943 el sector nacionalista del ejército da un golpe de estado, derrocando al presidente Castillo. Era tal la sorpresa que nadie sabía que rumbo iba a tomar el nuevo gobierno y el grupo en el poder. Era tan grande la desconfianza de todos los sectores, que tanto aliadófilos como germanófilos tenían algunas esperanzas de inclinar los hechos a su favor. Los grupos ultranacionalistas de derecha pensaban que el golpe daría como resultado un viraje hacia un sistema autoritario del tipo europeo de ese entonces (como la Italia de Mussolini), pero también existían amplios sectores nacionales democráticos (como F.O.R.J.A.) que veían en el golpe el primer paso para descabezar al conservadorismo y sacar al país del fraude y la corrupción e iniciar un proceso de industrialización y liberación nacional.
Pronto el grupo en el poder mostró que dentro de la fuerza había grupos enfrentados. Esto se tradujo en un contrapunto entre medidas reaccionarias y represivas por un lado y decisiones económicas positivas por otro. De manera que mientras se tomaban las riendas de la economía y se apuntaba a un programa industrialista, por otro lado se clausuraba el congreso y se prohibía la actividad política. La influencia del sector nacionalista era negativa, con su moralina respecto de las costumbres, la religiosidad y la enseñanza universitaria. Dentro del grupo en el poder y entre la tercera línea de mando se hallaba Juan Domingo Perón. Este joven coronel fue designado al frente del olvidado Departamento de Trabajo. Años atrás, Perón había tenido oportunidad de visitar Europa durante la guerra (como agregado militar) y había percibido no solo la inminencia de la derrota del Eje, sino un nuevo tiempo político. De regreso en la Argentina comentó esto con sus compañeros de armas y en especial con el grupo que del que sería integrante: el G.O.U. Perón fue advirtiendo que era el momento de ligarse al protagonismo de las masas trabajadoras argentinas. Perón, veía con agrado el costado “nacional” de las dictaduras europeas y pensaba que el accionar de Mussolini era beneficioso para los trabajadores italianos, sin advertir que el fascismo era en realidad la reacción de las clases medias en contra de los obreros (mayoritariamente socialistas) y que el “nacionalismo” de Italia y Alemania era completamente distinto al nacionalismo de un país dependiente como Argentina. Allí, los movimientos autoritarios (nazismo y fascismo) eran opresivos, como reacción de las potencias carentes de colonias que buscaban expandirse, mientras que en Argentina el nacionalismo debía ser defensivo, como actitud de resistencia de un país semicolonial frente a los imperios.
A finales de 1943 Perón logra que al Departamento a su cargo se le de el rango de secretaría. Desde ya allí Perón comenzó a desarrollar una política de acercamiento al mundo obrero. Los trabajadores percibieron este cambio de actitud y más aún cuando comenzaron a instrumentarse una seria de medidas a favor de los trabajadores. A pesar de la desconfianza que inspiraban los militares en el mundo del trabajo, Perón se esforzó por abrir las puertas del área a su cargo para que los trabajadores accedieran a ella y pudieran presentar sus reclamos y sus quejas. Poco a poco se fueron logrando mejoras en lo salarial y en las condiciones de trabajo, lo que fue generando en los trabajadores (y en parte de la dirigencia sindical) un acercamiento a Perón en quien veían un canal para concretar sus aspiraciones sindicales y gremiales. Hay que recordar que el sindicalismo argentino, sin ser masivo, estaba en crecimiento y sus dirigentes provenían del socialismo y del comunismo una vez que el anarquismo perdió el poderío de los años 30. Los conflictos laborales comenzaron a resolverse a favor de los trabajadores y varias medidas mejoraron notablemente las condiciones de trabajo de los obreros. Al tiempo que esto sucedía, Perón iba creciendo en popularidad desde su modesto puesto y ganando ascendencia no solo sobre sus compañeros de armas, sino principalmente sobre los trabajadores. Una de las más resonantes medidas impulsadas por Perón fue el Estatuto del Peón Rural (15/10/1944). Esto le generó los primeros opositores en la oligarquía rural, pero también ciertas desconfianzas dentro de su propio grupo. Perón fundamentaba la medida diciendo que “la situación de los peones había llegado, en ciertas oportunidades, a ser una forma disimulada de la esclavitud”1. La Sociedad Rural puso el grito en el cielo con odio racial. En sus publicaciones protestaba contra el Estatuto, diciendo: “No hará más que sembrar el germen del desorden social, al inculcar en la gente de limitada cultura aspiraciones irrealizables, y las que en muchos casos pretenden colocar al jornalero sobre el mismo patrón, en comodidades y remuneraciones (...) La vida rural ha sido y debe ser como la de un manantial tranquilo y sereno, equilibrado y de prosperidad inagotable”2. La figura de Perón siguió creciendo a lo largo de 1944 y comienzos de 1945. Pero también crecían las voces opositoras al gobierno de facto. Principalmente provenían de los sectores liberales que comandaban los partidos políticos (todos). La oposición criticaba la política neutralista del gobierno como así también sus medidas sociales. El partido comunista por boca de Víctor Codovilla decía: “el gobierno norteamericano defiende la libertad y la independencia de todos los pueblos”3 y “Estados Unidos e Inglaterra han de llegar a un acuerdo con respecto a la política económica a seguir en América Latina, a fin de contribuir al desarrollo económico, político y social en un sentido progresista”4.
Por su parte el gobierno continuaba mostrando contradictorios aspectos. A las positivas medidas económicas y sociales, se le oponían sus gruesos errores en cuanto a lo político, educativo y religioso. Las intervenciones universitarias encabezadas por nacionalistas reaccionarios, las disposiciones sobre “moralidad” (que llegaron a modificar las letras de tangos reos), más la veda política, hacían que el arco opositor fuera creciendo. Desde ese lado, por su parte, quienes habían sido cómplices del fraude (por acción o por omisión) ahora se agitaban en protestas y declaraciones reclamando que se entregara el gobierno a la Corte Suprema. Esa misma Corte corrupta que había legitimado el derrocamiento de Yrigoyen, los negociados de la década infame y el fraude electoral. Dentro mismo del gobierno ya había una marcada oposición a Perón por su política obrerista.
A esa altura la estructura política de Perón se limitaba a las buenas relaciones con algunos dirigentes gremiales, su círculo más cercano proveniente del G.O.U. y la simpatía de los obreros que mejoraban sus condiciones laborales con las medidas tomadas por la Secretaría de Trabajo y Previsión. Del lado opuesto estaban los principales partidos políticos tradicionales y por supuesto la oligarquía terrateniente, además del grupo interno del ejército que se quejaba de la política obrerista de Perón. Lo que no tenían en cuenta esos adversarios de Perón, era la creciente popularidad de este en el mundo obrero. Los trabajadores habían visto con asombro y luego con alegría que los conflictos laborales se resolvían generalmente a su favor (más allá de las actitudes autoritarias dentro del contradictorio gobierno). Los obreros brindaron su confianza a Perón cuando empezaron a ver que los conflictos laborales se resolvían mayormente a su favor. Poco a poco se iban logrando conquistas sociales, salariales y de trabajo. Algunos se sorprendían de ese militar que los atendía en su despacho todos los días y siempre estaba dispuesto a charlar sobre las dificultades que vivían los trabajadores.
El marco de esta situación era la Segunda Guerra Mundial y la presión ejercida por Estados Unidos para que Argentina ingresara al conflicto. Ante esto los sectores aliadófilos empujaban al gobierno a declarar la guerra, argumentando que si no se hacía eso Argentina quedaría fuera del mundo, de los negocios y de la confianza de las potencias vencedoras (que todos estimaban serían los aliados). Muchos de los políticos locales (incluidos los partidos “obreros”) agitaban el fantasma del fascismo, un monstruo lejano, pero se “olvidaban” del imperialismo inglés que era el que verdaderamente succionaba las riquezas de Argentina. Los conservadores, por su parte, con la excusa de defender la “libertad” se oponían a las medidas laborales impulsadas por Perón. Curiosa declaración la del conservadorismo, que se agitaba por la libertad de los pueblos del mundo, pero esclavizaba a los peones argentinos. No faltaban los reaccionarios locales que se sentían del lado de los nazis y los fascistas y soñaban con una victoria del Eje, por lo cual apoyaban la neutralidad, no tanto por una cuestión soberana sino por su simpatía con las dictaduras europeas. Únicamente FORJA instaba a permanecer neutrales como manifestación de la política independiente de nuestro país y se negaba a servir a cualquiera de los imperios en disputa.
El 19 de septiembre de 1945 se organizó la “Marcha de la Constitución y la Libertad”, donde todo el arco opositor (de izquierda a derecha) se organizaba, no tanto en contra del “gobierno”, sino en contra de las medidas obreras llevadas adelante por Perón. Es que dentro del esquema cultural y político de los dirigentes partidarios, el pueblo era una abstracción. Y cuando el pueblo se hizo presente tomando otra opción política, alejada de los preconceptos liberales, se horrorizaron y lo combatieron. Ocurre que dentro del esquema de “civilización y barbarie” del que los dirigentes políticos tradicionales estaban prisioneros, entendían que pudiera existir gente de “izquierda” y de derecha, siendo que ambos extremos ideológicos eran parte de un esquema cultural colonizado. Tanto conservadores como “socialistas”, se movían dentro de los esquemas del “cientificismo” europeo y por eso aunque alguno fuera de “izquierda” o de derecha, se trataban como iguales: como pertenecientes a la “civilización”. Pero cuando el pueblo real, tomó el destino en sus manos, ambos extremos lo despreciaron, pues lo consideraron “bárbaro”, fuera de los esquemas “científicos” de lo que la “política” “debía ser”. Fue un espectáculo increíble. Reunidos en un paquete “pic-nic” en el centro de Buenos Aires, caminaban codo a codo socialistas, comunistas y conservadores, por eso pudo verse a Rodolfo Ghioldi, Nicolás Repetto, Antonio Santamarina, Joaquín Anchorena y otros mas caminando del brazo.
El 17 de Octubre de 1945
Perón había ido logrando más cargos dentro del gobierno (incluido el de vicepresidente) sin perder el control de la Secretaría de Trabajo y Previsión. El creciente malestar dentro de las filas del ejército provocó gran presión y de esa manera Perón se vio obligado a renunciar a sus cargos, lo que sucedió el 10 de octubre de 1945. En la noche del 12 de octubre fue detenido y llevado preso a la Isla Martín García. La noticia corrió velozmente de boca en boca por todos los barrios de Buenos Aires y de las provincias más pobladas de esos momentos. Los obreros no estaban dispuestos a ceder sus conquistas y por eso salieron a la calle para rescatar a quien encarnaba sus reclamos y se había ido convirtiendo en su voz. Los diarios oligárquicos, los conservadores y sus socios liberales (socialistas, comunistas, radicales “unionistas”) no comprendieron jamás el 17 de Octubre y lo atribuyeron todo a una manipulación. Pero “Perón no creó el 17 de Octubre; sería más correcto decir que el 17 de Octubre produjo a Perón”5. Al otro día de su detención, la oligarquía y sus socios festejaban la caída en desgracia de Perón. El día 13 los patrones les decían a sus obreros que no les pagarían por trabajar el feriado del día 12 y que le fueran “a cobrar a Perón”. La maravillosa jornada popular del 17 de Octubre arrancó en los ingenios azucareros de Tucumán y se fue extendiendo a Santa Fe y la Provincia de Buenos Aires. La tremenda fuerza del pueblo en las calles superó incluso a la dirección de la CGT que en la madrugada del 16 declaraba la huelga general para el día 18. Aquí también se plantea el por qué de la vacilación dentro de la central obrera. Y esto tiene que ver con que las direcciones de los sindicatos y de la central buscaban mantener su independencia respecto del gobierno, por otra parte, no querían declarar una huelga en respaldo de un militar. Pero el clamor de las bases los empujaba hacia delante, entonces se resolvió declarar la huelga en reclamo del mantenimiento de las conquistas sociales. Desde el día 15 ya había agitación en las provincias y en el gran Buenos Aires. Y el 17 a la madrugada empezaron a llegar a Plaza de Mayo las gruesas columnas de trabajadores que venían a reclamar la libertad de Perón. Fue la página más maravillosa de nuestra historia, que solo podía ser escrita por los trabajadores. Las fábricas y talleres pararon su actividad. Los obreros marchaban hacia el centro en un retorno al protagonismo popular como no sucedía desde los tiempos de Yrigoyen.
El gobierno estaba descolocado. Si reprimía la manifestación se exponía a cargar sobre sus espaldas una matanza abominable. Cerca de las once de la noche la Plaza de Mayo estaba colmada de trabajadores que reclamaban la liberación de Perón. El gobierno hizo traer a Perón, liberándolo de su prisión en Martín García y trasladándolo al hospital Militar. No alcanzaba con que dijeran que Perón estaba bien, el pueblo quería verlo. Y entonces Perón fue llevado hasta el balcón de la Casa Rosada y desde allí saludó al pueblo. Una ovación fenomenal fue la respuesta. A partir de esa noche se selló un pacto de Lealtad entre el pueblo y Perón. Era el certificado de nacimiento del peronismo. A partir de ese mismo instante Perón era candidato a presidente.
Los diarios de la oligarquía y de los partidos “obreros” aprovecharon para derramar su odio de clase (y racial) sobre aquellos trabajadores: “Pero también se ha visto otro espectáculo, el de las hordas de desclasados haciendo de vanguardia del presunto orden peronista. Los pequeños clanes con aspecto de murga que recorrieron la ciudad, no representan a ninguna clase de la sociedad argentina. Era el malevaje reclutado por la policía y la Secretaria de Trabajo y Previsión para amedrentar a la población”6. “La actitud pasiva de la policía permitió que la tranquilidad fuera turbada”7. En una comunicado conjunto, emitido por socialistas y comunistas, se decía: “El malón peronista- con protección y asesoramiento policial- que azotó al país ha provocado rápidamente- por su gravedad- la exteriorización del repudio popular de todos los sectores de la República en millares de protestas (...) Se plantea así para los militantes de nuestro Partido una serie de tareas que, para mayor claridad, hemos agrupado en dos rangos: higienización democrática y clarificación política. Es decir, por un lado, barrer con el peronismo y todo aquello que de alguna manera sea su expresión; por el otro, llevar adelante una campaña de esclarecimiento de los problemas nacionales, la forma de resolverlos y explicar ante las amplias masas de nuestro pueblo, más aun que lo hecho hasta hoy, lo que la demagogia peronista representa”8. El profesor José Luis Romero decía: “El hecho que ha causado mas honda sorpresa ha sido la aparición de una masa sensible a los halagos de la demagogia y dispuesta a seguir a un caudillo. Este fenómeno -amargo y peligroso- no es de ninguna manera inexplicable. Medio siglo es poco tiempo para la evolución social y política de un conglomerado heterogéneo, y no debe sorprender que quede aun una masa que -siendo democrática en el fondo- conserve cierto justificado escepticismo frente a las instituciones de la democracia (...) Políticamente esta masa es inexperta y simplista; como en el fondo es igualitaria y democrática, acoge con calor la propaganda demagógica que parece responder a sus anhelos, sin descubrir los peligros que entraña”9. Ninguno de estos agravios detuvo al pueblo en su manifestación de clase. Ni siquiera cuando levantaron los puentes sobre el Riachuelo: mucho se tiraron y lo cruzaron a nado. Los hechos apresuraron las decisiones políticas del gobierno: se convocaría a elecciones. La fecha era abril del año siguiente, pero finalmente ante la presión de los sectores liberales se puso como fecha definitiva el 24 de febrero de 1946. Se formó en entonces una gigantesca coalición “cívica”. Confluyeron allí radicales, socialistas, comunistas y conservadores. Nacía así la “Unión Democrática” que, bajo los retratos de Churchill, Stalin y Sarmiento, se aprestaba disputar el acto electoral.
La campaña
Perón y su joven partido hicieron campaña recostándose sobre los logros y avances conseguidos por los trabajadores durante los dos años del gobierno militar y en especial a partir de la acción de Perón en la secretaría de trabajo y previsión. Contrastaban estos logros con el pasado en que los trabajadores se hallaban en una situación lamentable, sin derechos reales, sin posibilidades de ascenso social y sin participación política. Perón hablaba de manera clara, accesible al pueblo trabajador. Hacía hincapié en la justicia social y la necesidad de lograr una independencia económica auténtica. Perón interpretaba el nacionalismo popular de las masas, que siempre fueron antiimperialistas. Por su parte la Unión Democrática basaba su campaña en los “derechos civiles”, las formalidades democráticas y el funcionamiento de las instituciones. Todo eso era letra muerta para los obreros que recién estaban logrando cosas concretas y tangibles. Los candidatos de la Unión Democrática hablaban de la libertad, de la democracia, de las instituciones, pero todo en un modo abstracto. La victoria de los aliados les servía como punto de referencia para atacar a Perón, diciendo que había que batir al último bastión del nazismo. Radicales, conservadores, comunistas y socialistas hablaban del fascismo y del nazismo, verdaderos monstruos lejanos, pero nada decían del monstruo cercano: el imperialismo inglés y norteamericano. Justamente estos últimos imperios eran quienes tenían ingerencia directa sobre Argentina y no las dictaduras reaccionarias de Italia y Alemania, que a esa altura ya estaban vencidas. El propio embajador norteamericano Spruille Braden había mantenido apoyado a la oposición desde 1944, y había dicho de Perón: “el político más importante de la Argentina es la encarnación del mando militar fascista”10.
Braden seguía de gira por el interior del país y a su llegada a la estación Retiro fue recibido por alguna gente de la in-teligencia: Alberto Hueyo, Alfonso de Laferrere, Adolfo Bioy, José María Cantilo, Saavedra Lamas y Otto Bemberg (entre otros). (continuará, última actualización: 7/5/2009)
1Perón, “El Pueblo quiere saber de qué se trata”, p. 243, citado por N. Galasso en Perón. Tomo I.
“Formación, ascenso y caída (1893-1955)”, p. 239
2 Enrique Silberstein, “¿Por qué Perón sigue siendo Perón?”, Ed. Corregidor, 1972, p.78, citado por N.
Galasso. Perón. Tomo I. “Formación, ascenso y caída (1893-1955)”, op. cit., p. 239
3 Revolución y contrarrevolución en la Argentina. Volumen II, p. 259
4 Breve historia de las izquierdas en la Argentina II, p. 99
5 Jorge Abelardo Ramos. Revolución y Contrarrevolución en la Argentina. Volumen II, op. cit., p. 293
6 Revolución y contrarrevolución en la Argentina. Volumen II, p. 281
7 La Razón 17/10/45
8 El dilema argentino: civilización o barbarie. M. Svampa. El cielo por asalto-Imago Mundi, 1994, p. 253
9 José Luis Romero. La experiencia argentina, p. VII.
10 La derecha argentina, p. 261