La década del treinta es conocida como la "década infame", calificación proveniente de un libro titulado así, cuyo autor fue un periodista nacionalista llamado José Luis Torres. Esos años muestran un panorama lamentable, de entrega económica del país, deterioro económico-social del pueblo y sumisión ante Inglaterra. La “década infame” marcó uno de los peores momentos de Argentina, cuando la oligarquía que usurpó el poder, entregó nuestra economía al imperialismo. Las empresas y concesiones de servicios (luz, agua, gas, teléfonos), eran negociadas por los diputados, senadores (y el concejo deliberante de Buenos Aires) y entregadas al mejor postor, previo pago de coimas. Los ferrocarriles, los puertos, las grandes extensiones de tierras, la banca y el crédito, estaban en manos inglesas o norteamericanas. La desocupación era tal que muchos jóvenes encontraban en la quiniela clandestina o la prostitución su única forma de obtener un ingreso.
El ambiente era desolador, una gran depresión inundaba al país y esto se notaba incluso en Buenos Aires. Basta recordar algunos hechos trascendentes: la estadística de suicidios, para 1932, alcanza en la ciudad de Buenos Aires, a casi dos personas por día. La tuberculosis y la desnutrición, hacen estragos, los índices de delincuencia y mendicidad son altísimos. El país se halla completamente sometido, a tal punto que el vicepresidente del Gral. Justo, Dr. Roca (hijo), y más tarde, el presidente Dr. Roberto Ortiz, admiten públicamente, sin sonrojarse, que la Argentina forma parte del imperio Británico. Asimismo, las medidas de reestructuración económica configuran verdaderas estafas al patrimonio y al destino nacional: el convenio Roca-Runciman (por el que se pone en manos de Inglaterra nuestro comercio exterior), la creación del Banco Central mixto (que regula el crédito), la escandalosa renovación de las concesiones eléctricas, la Coordinación de Transportes, los convenios petroleros. Y por sobre todo esto el ya conocido fraude que algunos hipócritas denominaron "patriótico". Los escritores y literatos en general si querían tener éxito buscaban esquivar los temas nacionales y las referencias a la crisis, salvo algunas pocas excepciones. Los escritores sabían que ponerse del lado del pueblo resultaría en un cierre del acceso a diarios y editoriales. Por eso, el núcleo que más de “destaca” en esos años es el grupo “Sur” (Victoria Ocampo, Borges, etc.) quienes no tienen en cuenta la realidad y el talento nacional y viven mirando para afuera.
En medio de ese ambiente decadente, camina las calles un muchacho talentoso, que conoce el sentir de su pueblo y que sabe las penas que agobian a sus vecinos y amigos y además sabe retratar esa realidad en sus letras (y más tarde en sus películas). Ese hombre es Enrique Santos Discépolo. Discépolo nació el 27 de marzo de 1901 en el Barrio de Once, en Buenos Aires. Este poeta talentosísimo radiografió, de una manera imborrable, la vida Argentina de los años treinta. Siendo un hombre de su pueblo, reflejó en sus obras, mediante su enorme talento poético, la época en la que vivió. Tuvo la capacidad, el talento para decir de manera sencilla y genial, todo lo que el hombre común veía y sentía.
La tremenda desocupación es reflejada así por Discépolo: "Cuando rajés los tamangos buscando ese mango que te haga morfar", la pobreza que empuja al pueblo a la miseria:
"Cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer secándose al sol...” “a tu lado, se prueben la ropa que vas a dejar" (Yira Yira, 1930).
La época es de una enorme tristeza que llega a ser depresión, escala anterior al suicidio:
"No doy un paso más, alma otaria que hay en mi / me siento destrozado murámonos aquí: / Pa' qué seguir así, padeciendo a lo fakir / si el mundo sigue igual... si el Sol vuelve a salir...Cachá el bufoso y chau / Vamo a dormir" (Tres esperanzas (1932/33). Discépolo muestra en su poesía la triste imagen de la decadencia, y de la frustración de tantos hombres y mujeres argentinos:
"Por un pan cambiaste, como yo / tus ambiciones de honradez... Me levanté pa' que vieras como estoy / yo que pensaba ser un rey... Quien más... quien menos...pa' mal comer / somos la mueca de lo que soñamos ser" (Quien más quien menos - 1934).
El poeta asiste a la crisis de los valores sociales que se derrumban ante la coima, la transa y el negociado.
"Y en medio del caos que horroriza y espanta / la paz está en yanta y el peso ha bajao" "Qué sapa señor... que es todo demencia / los chicos ya nacen por correspondencia / y asoman del sobre sabiendo afanar... ya nadie comprende si hay que ir al colegio / ¡O habrá que cerrarlos para mejorar!" (Que pasa, señor -1931). Pero será en “Cambalache” (1935) donde Discépolo dejará profundo y claro testimonio de la realidad que vive en versos de indudable valor literario e histórico, de permanente vigencia. La forma en que cuenta las amarguras de la vida cotidiana, lo consagra como uno verdadero filósofo de la calle:
"Qué el siglo veinte / es un despliegue de maldad insolente / ya no hay quien lo niegue / Vivimos revolcaos en un merengue / y en un mismo lodo todos manoseados...” “No hay aplazaos, ni escalafón / los inmorales nos han igualado”... “Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”, “Es lo mismo el que labura / todo el día como un buey que el que vive de las minas que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley".
Muchos han visto y difundido solo un lado de Discépolo, y por eso algunos han pretendido encontrar solo escepticismo y resignación. Sin embargo, su obra total, como así también su compromiso político con el peronismo en 1951, señalan que se trata de un testimonio, a modo de alerta, una convocatoria a observar la realidad siniestra para decidirse a transformarla. El Discépolo pesimista y amargado es el Discépolo de “Cambalache” o “Yira, yira” o sea el de la “Década Infame”. Pero hay otro: el de la esperanza, el de la alegría, el Discépolo que viendo a su pueblo feliz, a partir del peronismo, contará esa nueva realidad. Es el Discépolo de Mordisquito que noche a noche expresa ese sentimiento popular que con el peronismo tuvo lugar, voz y voto. Ese peronismo que Discépolo abrazo hasta el fin de sus días y que le costó pasar a ser un “maldito” en el mundo de las letras y en el mundo del espectáculo.
Discépolo pone en escena (a través del micrófono de la radio) las miradas opuestas de Mordisquito (personaje antipopular y antiperonista) y él. Hay en Discépolo una constante exaltación de los valores arraigados en el sentir popular, como la amistad de los muchachos de “Cafetín de Buenos Aires” (1948): “Que son los mismos que alientan mis horas: José el de la Quimera, Marcial que aún cree y espera y el flaco Abel que se nos fue pero aún me guía". Frente a la anterior decadencia opone los valores que él tiene: la amistad, la solidaridad, la generosidad, el amor sin cálculo. Discépolo supo expresar, como nadie, el sentir popular y fue un militante de la causa de su pueblo. Desde su anarquismo juvenil hasta convertirse en portavoz de los trabajadores en los años ´50, ratifica su posición cuestionadora y hacia el progreso social.
Sin duda, los tangos de Discépolo son tristes, angustiantes, desgarradores. Pero, como él decía: "Yo no inventé la pobreza... La expreso, solamente".
Su insólita sensibilidad social lo conduce a expresar al pueblo en momentos de profunda desazón, de inconmensurable tristeza, de frustración profunda.
"Yo honradamente no he vivido las letras de todas mis canciones porque eso sería materialmente imposible, inhumano. Pero las he sentido, todas, eso sí. Me he metido en la piel de otros y las he sentido en la sangre y en la carne. Brutalmente. Dolorosamente. Dicen por ahí que soy un hipersensible y aunque la palabrita no me gusta, algo debe de haber porque vivo los problemas ajenos con una intensidad martirizante".
Pero no hay que olvidar que así como Discépolo sabe interpretar y expresar los
dolores del hombre común, también sabe acompañar la esperanza del pueblo que en
esos años trae el peronismo. Ya no habla de frustración ni miseria sino que interpreta a "El hincha".
Hacia 1951 pone en el aire "Pienso y digo lo que pienso" donde crea un personaje, Mordisquito, un "contrera" con el que dialoga. Recuerda entonces el ayer, cuando "yo era un hombre entristecido por los otros hombres" y vuelve sus ojos al hoy "cuando me levanta en vilo el entusiasmo de los otros, mi propio entusiasmo y me pongo a gritar" porque "es lindo gritar cuando el grito que es una profesión de fe... porque es lindo perder la línea y entrar en la noche a saltos por una convicción".
Su militancia política en el peronismo le genera el odio de cierta parte del mundo del espectáculo. Discépolo sigue diciendo verdades, noche a noche:
"Antes no había nada de nada, ni dinero, ni indemnizaciones, ni amparo a la vejez... y vos no decías ni medio, vos no protestabas nunca, vos te conformabas con una vida de araña. Ahora ganás bien, están protegidos vos y tus hijos y tus padres. Sí, pero tenés razón, ¡no hay queso!... Vos, el mismo que estás preocupado porque no podés tomar te de Ceylán... ¡Y durante toda tu vida tomaste mate! ¡No! ¡No! ¡A mí no me la vas a contar!... (…) Vos siempre viviste sin la angustia del peso que falta y nunca llegaba hasta tu mundo el rumor doloroso de las muchedumbres explotadas. ¿Entendés, Mordisquito? No. A mí, no me la vas a contar".
Entristecido por el vacío que sus colegas le habían hecho y deprimido por la enfermedad, Discépolo falleció el 23 de diciembre de 1951.

